Last Dance, de Miguel G.
“No hay nada peor en esta vida, que creerse algo que no se es ni por asomo”
Siete y cuarto de la tarde y ya es de noche. Oscura y cerrada. Fría, muy fría. Vuelvo a golpear la puerta con más fuerza que hace dos minutos. Me pregunto por qué coño no hay un timbre o alguien al otro lado dispuesto para poder abrirme. Quiero que me abran de una vez porque me estoy muriendo de frío y me estoy poniendo de los nervios. Odio esperar y hoy precisamente no tengo ganas ni fuerzas para aguantar insolencias ajenas. Bastante tengo ya con las mías propias, que no son pocas.
Estoy en la puerta trasera de la sala donde trabajo cada fin de semana desde hace casi dos años. Hoy es mi último día. Despido improcedente, último día, lo mires como lo mires. Vuelvo a insistir. Grito por si me oye alguien. Nadie me oye. Estoy tan ansioso que me entran ganas de fumar, me resisto, no pienso sacar las manos de los bolsillos. Oigo un ruido que proviene del otro lado de la puerta, vuelvo a gritar. Me oyen y, por fin, me abren.
Entro cagándome en todo lo que se menea incluidas las disculpas del desconocido que se supone debía estar pendiente de abrir la puñetera puerta. Me adentro por unos pasillos y saludo con desgana a un par de personas que me encuentro en mi camino, tengo un humor de perros y demasiados aires de estrella. No hay nada peor en esta vida que creerse algo que no se es ni por asomo. Entro en el camerino y, ahora si, me enciendo un cigarro. Doy una calada larga, profunda, relajante. Noto como me lleno de humo, todo deja de dar vueltas, me vacío y me tranquilizo. Me gusta fumar, creo que me da un toque de distinción, de elegancia. Miro a mi alrededor y contemplo mi camerino, por última vez. Hoy se acabará todo, hoy es mi último día de curro. Sonrío y, con la última calada, vuelvo a la realidad. Faltan menos de dos horas para abrir puertas y, tal y como cantaba Freddie Mercury, y por muy último día que sea, el show debe continuar.
Abro la maleta y saco el vestuario. Lo cuelgo en un perchero que tengo para que no se arrugue más de lo que ya debe estar. Hoy todo debe salir perfecto, tengo que ir impecable. La gente debe recordar este último día como si fuese a marcar un antes y un después en sus vidas, y lo más gracioso, es que probablemente lo haga, aun sin que ellos lo sepan. Ellos no saben nada, nunca saben nada, y es que hay que ser un poco más listo y ser capaz de ver más allá de lo que se nos quiere ofrecer, pero no todo el mundo puede hacerlo. Como dijo alguien, ahora no recuerdo quien, “la verdad se desnuda con el tiempo”. Que razón tenía.
Mi ropa se encuentra envuelta en una funda de plástico. Es curioso, pero lo único en lo que pienso en ese momento es que el plástico es tan transparente como el que envolvía a Laura Palmer cuando la encontraron muerta. Me recrimino a mi mismo lo loco que estoy y, por supuesto, no me lo tomo en serio. Si mi madre hubiese estado aquí presente, habría empezado con su tontería de las premoniciones, pero es normal, a ciertas edades las telenovelas no son suficiente entretenimiento para según que personas, y algunas deciden inventarse sus propias aventuras y claro, de tal palo tal astilla, porque yo también me inventé las mías, aunque eso es algo que todavía no voy a contar. Si mi madre hubiese estado aquí presente, seguramente todo habría sido mucho más fácil.
Cuelgo la ropa en el perchero y la miro envuelta en los restos del humo de mi cigarro. La admiro, luego la odio. La quiero y la detesto, a partes iguales. Mitad y mitad. Dos partes de una misma cosa. De repente siento como si algo dentro de la bolsa se removiese, como si alguien luchase por salir de ahí. Algo o alguien que se revuelve dentro como si le fuese la vida en ello, como si no pudiese respirar. Creo que va a abrirse. Retrocedo unos pasos asustado. Preocupado por lo que acaba de pasar enciendo otro cigarro, ya he dicho que fumar me relaja, aunque no lo suficiente. La bolsa me mira con la misma intensidad con que yo la miro a ella, siento que nos batimos en un estúpido duelo de miradas. Las bolsas no tienen ojos, estoy haciendo el imbécil. Me doy la vuelta y me miro fumar en el espejo.
Tengo un brazo cruzado y el otro erguido, apuntando al techo y sosteniendo un cigarro que se va consumiendo, como mi tiempo. Acerco mi cara al espejo y me miro la piel, los ojos, los dientes. La imagen del espejo hace lo mismo. Pasan uno segundos, tal vez un rato, un minuto, no se cuanto tiempo, y la imagen del espejo se transforma, ya no soy yo. Mi reflejo ha desaparecido. No es el yo que se estaba mirando, es el otro yo el que ahora me mira, el que no soporto, el que odio, el que me domina, del que quiero deshacerme. Es Norma.
Norma es la que me mira desde el espejo y me sonríe, con los ojos muy abiertos, como de loca, y me señala, y ahora es ella la que me echa el humo a mí. Me pregunto si el loco no seré yo por estar viendo visiones. Cierro los ojos y le doy otra larga calada al cigarro. Abro los ojos muy despacio. Vuelvo a habitar el espejo. Todo vuelve a la “normalidad”. Veo reflejados los muebles, la maleta, el perchero con la ropa colgada, la funda transparente. Todo vuelve a ser normal. Doy otra calada a mi cigarro y veo cómo la bolsa empieza a abrirse. Sola, se abre sola.
No hay nadie más en el camerino, sólo el chirrido de la cremallera de la funda cantando al son de mi miedo. Lentamente, muy lentamente, una mano empieza a surgir de la dichosa bolsa, con unos dedos largos y huesudos, como de muerto y una estruendosa carcajada me petrifica. No puedo moverme, estoy helado, estoy loco, estoy mal. Doy un manotazo al perchero y junto con la ropa cae al suelo, casi me entran ganas de pisarlo y rematarlo, como si realmente estuviese vivo.
Apago el cigarro maltratando la colilla. La aplasto, vomito sobre ella toda la rabia y el miedo que llevo en las entrañas. La machaco, literalmente. La funda está cerrada en el suelo, ha sido una ilusión, supongo. Me miro de nuevo en el espejo y vuelvo a ver a Norma. Me sonríe y me suplica que la saque de la funda de plástico en la que vive cuando no estoy trabajando. Como me opongo, deja de ser una mujer dócil aparcando su amabilidad y obligándome impetuosa. Ordena que la saque de una vez, no aguanta más. Me dice que se asfixia y, entonces, soy yo el que deja de respirar por salvarla a ella. Su mirada inquisidora me convence y le hago caso. Me hipnotiza con su seguridad, con su palabrería y su verborrea fácil que tanto gusta a los insulsos. Noto cómo me vampiriza y me tiene a sus pies, cómo me domina, me humilla, me hace sentir pequeño, ridículo, insignificante, mediocre, anónimo. Nada. Norma me hace sentir nada.
Cada palabra es como una puñalada, dolorosa, inesperada, mortal. Mis ojos se desangran en forma de lágrimas mientras miro el espejo y la veo a ella feliz, radiante, triunfadora y no la soporto y en el fondo ella a mi tampoco. Me observa fría y calculadora desde el otro lado, no sé si desde otra dimensión o desde la locura que me provocó el mismo día en que decidí darle vida. Sufro de doble personalidad y los protagonistas de mi anomalía se baten en duelo, por instalarse definitivamente. Pugna a vida o muerte, sólo uno puede salir vencedor. La impotencia vuelve a dar paso al llanto, una vez más he perdido la batalla, pero no la guerra, espero. La esperanza es lo último que se pierde. La sensación de que soy un perdedor recorre mi cuerpo.
Llegué a Madrid huyendo de la mentalidad del pueblo, como todos. Vine como los paletos que venimos aquí, a ser modernos, sin darme cuenta que en la capital es muy fácil serlo, lo difícil e interesante es serlo en tu tierra, donde hay censura, malas lenguas y malas caras. Allí donde tu libertad acaba cuando empieza la del vecino, donde la lengua del vecino habla antes de que tú actúes, donde no puedes hacer nada sin que se entere medio pueblo o sin que se lo inventen. Allí donde todos te señalan por no ser un borrego que sigue la norma. Allí es donde tiene mérito intentar ser moderno.
Norma fue una invención mía. Norma es una mujer interpretada por un hombre, Norma soy yo. Norma es un travesti que no quiere serlo. Es un personaje que cobró vida, es un papel llevado al extremo. Ella me odia por robarle feminidad, yo la odio por condenarme al ostracismo, a la mediocridad, al anonimato, porque no soy nada cuando no soy ella. Me fui de un sitio donde me señalaban para volver a tropezar dos veces en la misma piedra. Ahora me siguen señalando aunque desearía que no lo hiciesen, a Norma le encanta que hablen de ella, para bien o para mal, pero que hablen.
La miro y sigo llorando impotente mientras ella afianza su sonrisa, segura de sí misma, porque sabe el poder que tiene sobre mí. Cansado de esa imagen burlona en el espejo le lanzo un jarrón. Agrieto mi imagen travesti difuminándola en mil, como mi corazón, como mi alma, que también están hechos añicos. La rabia que siento se hace partícipe de la soledad del camerino. Suspiro profundamente intentando pensar en otra cosa. Me percato de que se empieza a hacer tarde, falta menos de una hora para que se abran las puertas de la sala y comience la fiesta. No se cuánto tiempo llevo desvariando.
Enciendo otro cigarro y pongo un CD en un viejo equipo que hay en una estantería. Unos acordes a piano rompen el estruendoso silencio que me acompañaba. El humo de mi cigarro baila al son de Antony and the Johnsons. Decidido, me voy desnudando, es la hora de la metamorfosis, es la hora de mutar, es la hora de despertar al monstruo, es la hora de reencarnarme en él. Norma necesita mi sangre y mi cuerpo para vivir, yo la necesito a ella para poder sentirme vivo. Maldita paradoja, las ironías del destino te hacen cargar a cuestas con la persona que más odias.
La cruel ironía es que esa persona soy yo mismo. Me pregunto hasta qué punto me odio por haberla creado, me pregunto hasta qué punto puedo controlarla o me controla ella a mí, me pregunto hasta qué punto me estoy volviendo loco. Mi abuelo decía que pensar tanto no era bueno, que no era sano y que la gente que pensaba mucho acababa mal. Tal vez tenía razón. Ya no recuerdo en que momento le pedí matrimonio a la mentira, sólo se que ahora me arrepiento y no es suficiente con el divorcio. Iremos cogidos de la mano donde quiera que vayamos, sin poder despegarnos, como si fuésemos parte de un tatuaje. Como si me hubiesen marcado al rojo vivo, como a los animales de mi abuelo. Quiero la nulidad, quiero que esto nunca haya existido.
La música del piano no me tranquiliza lo suficiente. Estoy desnudo y agitado, levanto los brazos apoyándolos en mi cabeza. En el espejo roto puedo verme, muchas veces, muchos rotos, muchos yo, muchas Norma. Me llama la atención el negro de mis sobacos. Los huelo, me gusta el olor que desprenden. Casi me entran ganas de lamerlos, pero no lo hago. Debería haberme depilado pero el vestido que he elegido para esta noche es de manga larga, como casi todos los últimos que he utilizado. Cuanto menos tenga que depilarme, menos siento que se apodera de mí. Levanto la vista y la veo detrás, a mi espalda, esperando espectante, observándome muda y con sus manos señalando el perchero en el suelo para que lo recoja. Con un movimiento brusco me agacho a recogerlo. Mi polla se balancea sobre la desnudez de mi personaje.
Necesito una raya. Alineo la medicina que me calmará y la aspiro. Sin protestar, sin pestañear, sin quejarme. Nunca me gustaron los potingues que me daba mi madre cuando estaba enfermo. Esto es distinto. No estoy enfermo, estoy enganchado, como a Norma, como a su personaje, porque estoy condenado a ser ella incuso cuando sigue en su bolsa de plástico. La realidad, esta vez, no supera la ficción. Intento hacer memoria y me pregunto si la primera raya me la metí para poder aguantar con el personaje a cuestas o fue algo que ya venía implícito con él. El caso es que es la pescadilla que se muerde la cola y ahora no puedo hacer una cosa sin la otra. No puedo aguantar a Norma sin drogarme y no puedo drogarme sin ser Norma. Debía ser la protagonista de una fiesta, una sola noche, pero su debut fue tan comentado que pronto comenzaron a adorarla, a invitarla a eventos, la contrataban en presentaciones….
Al principio todo estaba controlado y yo la usaba a mi antojo, pero pronto me di cuenta que se había dado la vuelta la tortilla. Hay una frase de Todo sobre mi madre, donde Antonia San Juan dice que “una es más autentica cuanto más se acerca a lo que ha soñado de sí misma”. En este caso, Norma es más autentica cuanto más se acerca a lo que todo el mundo espera de ella. Cuando ella no está yo no soy tan divertido, ni tan chisposo ni tengo tantos amigos, ni soy tan conocido, porque cada vez es más la gente que me llama Norma incluso cuando no voy travestido. Travestido, sí, porque por mucho que le pese a ella, es un travesti que no quiere aceptarlo. Se lo grito al espejo, mirándola a los ojos, porque sé que le duele.
La verdad siempre duele, pero no ofende quien quiere sino quien puede y, por muy triste que parezca, no es mi caso. Ya nadie se acuerda de mi verdadero nombre, es una de las pocas cosas que dejé olvidado en mi pueblo y no fue voluntariamente. Buscando algo que no era, empecé a abusar de la noche, del alcohol, de las drogas, de Norma. Abusé de todo, hasta darme cuenta de que me había convertido en un títere de mi propia marioneta, no se quién dirige a quién, porque por más que busco no encuentro los hilos para poder cortarlos. La gente no quiere hablar conmigo, ni follar conmigo, sólo quieren hacerlo con ella, por eso la odio. No me deja un hueco, lo absorbe todo, ya no hay sitio para los dos. Le puse Norma porque yo siempre decía que las “normas” estaban para romperlas y con este personaje me prometí a mi mismo que iba a hacerlo. Y vaya que si lo hice. Quería cuestionar lo que era “normal” y lo que no.
Me vuelvo a mirar en el espejo y me veo algo más sosegado. La coca siempre funciona. Me observo desnudo y no me veo mal. Me gusto, me gusta mi cuerpo. Mi pecho, mi abdomen, mi culo, que es prieto y firme. Me gusta mi polla que, escondida bajo una funda de piel, pretende mantenerse al margen de todo esto. Me veo tan bien de hombre que no entiendo porque tengo que vestirme de mujer para poder ser alguien, tal vez ya no quiero serlo.
Edith Piaf gorgojea ahora en la sala. Con mi voz natural intento entonar la canción mientras sobre la mesa coloco todas las pinturas para empezar a maquillarme. Apenas he comenzado con el tapa-ojeras cuando me descubro a mi mismo cantando con la voz de Norma. He abierto la caja de Pandora y ya no hay vuelta atrás. Sigo muy enfadado, pero sonrío, estoy seguro de que nadie se espera lo que hoy va a pasar. Hoy es nuestra despedida, para siempre. Esto no es un programa de convivencia y no pienso seguir adelante con alguien que lo único que me produce es asco. Quiero empezar de cero. Es la primera vez en mucho tiempo que tengo ganas de transformarme. Quiero ver las caras de la gente, la cara de Norma, la reacción ante la sorpresa.
Una segunda capa de rimmel alarga mis pestañas todavía más, si cabe. Tengo que admitir que la zorra de Norma sabe sacarse mucho más partido del que se sacarme yo. Es delgada pero con forma, alta, muy alta y tiene una espesa melena negra que yo envidio, aunque sea peluca. Físicamente es perfecta, no tiene nada que envidiarle a nadie y esta Mata-Hari de la belleza es mala, fría y calculadora hasta decir basta. Es egocéntrica y cruel, insolente y hasta un poco absurda. Podría decir que lo tiene todo, es la envidia de muchas. Pero hay algo que le falta, o mejor dicho, que le sobra. Ella nos odia a mi y a mí polla porque no le dejan ser todo lo mujer que quisiera.
Me pongo de pie y ahora, totalmente maquillado, me miro desnudo. Entre las piernas me cuelga la sombra de la duda. Mis ojos, sus ojos, se abren como si quisieran salirse de las órbitas. Las largas pestañas bailotean envueltas en furia. Sin pensar, me clava sus garras de porcelana en aquella carne que quería mantenerse ausente, al margen. Nos duele, sufrimos, sangramos, pero no puede deshacerse de ella. Norma se autolesiona una y otra vez, para hacerme daño a mí, supongo, aunque también se lo hace ella. Derrama su rabia contra lo que ella supone su condena, sin darse cuenta que, en realidad, somos una única persona con problemas de personalidad.
A veces lo veo claro, pero sólo a veces, es entonces cuando me doy cuenta de todo y necesito otra raya, son momentos de extraña cordura. Esnifo porque me encanta automedicarme, así olvido mis penas, mis malos rollos. En la fiesta tendré que visitar a mi camello, a este ritmo no me quedará para toda la noche y tengo que estar bien colocada para el número final o me temo que no seré capaz.
Apoyando la pierna en una silla empiezo a ponerme las medias. Las piernas es lo único que me he depilado hoy, debería admitir que me encanta el tacto de la piel limpia, pero aun me gusta más cuando es el frío nylon de las medias el que las roza. En algún momento siento que me excito, siento que me excita este proceso, por eso Norma me obliga a parar, hasta que se me pase. Ella no quiere. No debe excitarse como lo hacen los hombres porque ella no lo es. Ya más tranquilo, continúo con la coreografía de la metamorfosis.
Las dos medias y el liguero, el sujetador con relleno y observo como mi polla maltratada sigue entre dos aguas. Peino la peluca y me la coloco. El roce del cabello sintético al caer sobre mis hombros hace que se me erice la piel. Mis pezones están erectos pero frente al espejo me doy cuenta que no es lo único que lo está. Mi erección vale por mil. Por su firmeza, por su dureza, por los mil pedazos en que se rompió el espejo. Norma está desconcertada porque no sabe si es ella o soy yo el que ha tenido aquella reacción. Por primera vez, le presta un poco de atención.
No siente asco, al contrario, siente curiosidad por tocar aquello que mira al frente. Ha notado un cambio exterior y le llama poderosamente la atención. Lo había visto en otros, pero nunca lo había experimentado en su propia piel. Extiende su mano y lo acaricia. Temblorosamente lo recorre con la yema de sus dedos, suavemente, casi con miedo, cuidándose mucho de no rozar las heridas. Siente un leve cosquilleo, le gusta, la abraza, se masturba. La peluca se despeina mientras los pezones se endurecen aun más, bajo ese relleno de goma-espuma. La polla llora en forma de líquido preseminal por el dolor de sus heridas.
La otra mano la hunde donde la espalda pierde el nombre y es tanto el placer que experimenta entonces, que tiene que apoyar la cabeza sobre la mesa para no desplomarse. Es la primera vez que Norma y yo estamos de acuerdo en algo desde hace mucho tiempo. Uno siente que lo hace con el otro y viceversa. Simbiosis sexual. Ambos gritamos, ambos gemimos, ambos explotamos, al unísono, manchando los mil pedazos del ambiguo espejo. Chorros de placer multiorgásmico. Norma sonríe porque le ha gustado la experiencia, a mí también, pero mi sonrisa contiene un dato que ella todavía desconoce.
Me pongo la ropa interior y me retoco el maquillaje y el peinado. Mina canta La Bámbola y Norma siente ganas de llorar. Supongo que es por la canción, porque siempre le hace llorar, le parece muy triste… Enciendo un cigarro y ella hace anillos con el humo. Le encanta fumar como hacían las grandes actrices de Hollywood. Se ha pasado horas imitándolas, para ser como ellas, una de ellas, sólo que no sabe la pobre que hoy será nuestra última actuación. Finalmente consigue retener las lágrimas. Sería una pena destrozar el maquillaje. Hoy está radiante, más guapa que nunca, la belleza del dolor, que lo llaman, preludio del fin de fiesta.
Las puertas se han abierto y la gente entra en manadas, como salvajes, como fieras ansiosas conocedoras de un espectáculo que realmente desconocen. Me pregunto cómo reaccionarán. Estoy seguro que hoy se marcará un antes y un después con este despido. La cosa no puede quedar simplemente así. La gente hablará de él, saldrá en la tele, la sala se hará aun más famosa, vendrá más gente, si cabe. En el fondo, nos beneficiaremos todos.
Faltan quince minutos para que comience mi actuación. La gente no sabe todavía que hoy es mi despedida, espero que lo entiendan, seguro que sí. Ellos sólo quieren ver un espectáculo y mañana vendrá un sustituto y se olvidarán de mí y de Norma y de nuestra locura, porque al fin y al cabo, no somos nada, sólo un pedazo de una fiesta. Oscar Wilde decía que la única forma de resistir a la tentación es caer en ella, eso es lo que yo voy a hacer hoy, caer en la tentación que tengo desde hace tiempo. Como persona soy mediocre y manipulable, como artista soy la más grande y una vez más, lo voy a demostrar, porque me he propuesto que mi despedida sea sonada y lo será. Se hablará de ella incluso cuando yo ya no esté, cuando haya pasado el tiempo, y eso ya lo veremos.
Vienen a avisarme de que es mi turno. Me meto una última raya, pero mucho más abundante y revitalizante que las anteriores. Necesito estar muy colocado para tener valor. Hoy debo presumir de los cojones que a Norma le gustaría arrancarse. Cojo el bolso de baguette y nos miramos por última vez en el espejo antes de salir. Sonreímos y nos deseamos mucha mierda para ambas. Para mi número he escogido la canción Last Dance. El último baile, porque es mi última actuación, su última actuación, la canción es idónea. Voy a hacer un playback donde empiezan unos aplausos. La encargada de la sala presenta a Norma y la sala se pone en pie, se cae de gritos, de vítores, de palmas.
La cola del vestido negro con lentejuelas que he elegido para la ocasión se arrastra por encima del escenario mientras los afilados tacones me elevan por encima del mundo, dándome la fuerza necesaria para lo que vengo dispuesto a hacer. Ella está nerviosa pero no tanto como yo. Todo está oscuro, la gente enmudece al escuchar los primeros acordes de la canción. Encienden mecheros. Un enorme foco me alumbra recortando mi esbelta figura.
Hasta ese momento doy la espalda a los que nos contemplan, me vuelvo y observo la cara de asombro de los de la primera fila. Están alucinados. Norma hoy está más bella y radiante que nunca. Respira belleza. La gente sigue con sus brazos el ritmo de la canción. Delante del micrófono desconectado, yo comienzo a cantar: “Last Dance, last dance for love…” Es el último baile, el último baile para el amor. Sí, es mi última oportunidad para enamorarme esta noche. Sigo cantando con la frialdad de Norma y el pánico que me invade. Elementos perfectos para la receta que deseaba degustar los que hoy vinieron a verme. Todos están encantados, nadie puede sospechar nada. La sala se inunda de la elegancia de Norma. Su mirada desprende satisfacción.
Las luces me iluminan, Norma es el centro de todo, esto nunca podría conseguirlo por mí mismo, por eso tengo que hacerlo. La gente canta conmigo, me admira, me grita, me lanza flores al escenario, me quieren. Pero, aunque en ese momento parece que es a mí, es a Norma a quien siguen engrandeciendo. A fin de cuentas es ella la que está dando la cara en el escenario, por eso tengo que hacerlo. No puedo permitir que me entre la duda a estas alturas. “...I need you, by me, beside me, to guide me….” Te necesito, para guiarme, quiero dejar de necesitarte.
El estribillo se acerca, es la estrofa que todo el mundo conoce. Estoy seguro de que Donna Summer estaría orgullosa si pudiese presenciar este número, querría hacer un dúo con Norma, pero ya es tarde, hoy es tarde, es el último día. El estribillo se acerca. “...so let,s dance, the last dance...” La música se acelera y el ritmo de la canción hace explotar al público. Todos bailan, todos cantan, todos me miran, nadie imagina nada.
El factor sorpresa siempre es decisivo. El estribillo se repite, me dirijo al centro del escenario, tiro el micro al suelo de una patada. Piensan que es parte de la coreografía y aplauden. Abro los brazos como ofreciéndole al público el número. La gente me grita, me aclama, me desea, me envidia. Los gritos me hacen brillar aun más. Soy una estrella. Norma se siente mujer, se siente artista, se siente querida. Los asistentes estiran sus brazos para intentar tocarla. Cruzo los brazos en el pecho en señal de agradecimiento y ahora señalo a mi bolso de baguette, antes cojo una flor de las que me han arrojado y se la brindo a ellos. Se pelean por cogerla.
Soy la más grande. Llega la sorpresa, la gente piensa que voy a sacar algo y lo voy a arrojar a la primera fila. Están tan equivocados y eso es lo que más me gusta, que sigan inmersos en su error mientras yo abro mi bolso, a juego con mi vestido negro y saco una pistola negra también. Fría y sigilosa, como Norma, temblorosa en mis manos, como yo. El corazón me bombea a mil por hora. La coca empieza a hacer efecto en el momento oportuno. Tengo tal subidón que podría volar si quisiese. La adrenalina es eufemismo de cocaína, la cocaína de miedo y el miedo de cobardía. Yo no quiero ser un cobarde, porque de los cobardes nunca se dijo nada. Primero los apunto a ellos, nadie se mueve, se ríen, piensan que es una performance. Apunto a mi sien y todos me piden que dispare, me pregunto si realmente son conscientes de lo que están viendo o hasta qué punto piensan que es una farsa. No se hasta qué punto me están incitando al suicidio o hasta qué punto serían cómplices de lo que va a ocurrir si lo viese un juez. La canción sigue sonando. “...Last dance, the last dance…”
Está a punto de terminar y cuando lo haga también habrá acabado mi show. Habrá terminado todo. La letra se acaba, la música está a punto y la pistola sigue en mi sien, presionando la peluca, estropeando mi maquillaje. Mis ojos se han convertido en dos ríos de tinta negra, que han hecho que el rimmel vuelva mi cara del mismo tono de mi vestido. Riguroso luto anticipado.
La letra se acaba, la música se acaba, el dedo aprieta el gatillo. Suena un disparo. Esto no es un suicidio, es un asesinato, porque no me gusta en lo que me he convertido. Sólo quiero deshacerme de Norma. La sala enmudece, ahora sí. Como si fuese una película a cámara lenta empiezo a desvanecerme, la sangre del disparo ha bañado a los habitantes de la primera fila. Mis sesos deben haberse esparcido por el escenario. Me pregunto si este número será suficiente para que se me recuerde siempre. Los focos se apagan y las luces generales se hacen presentes en la sala, la gente está aturdida, asustada, ensangrentada.
No es una farsa, se han percatado, tarde, pero lo han hecho. Es como un flash eléctrico. Tarde, como siempre. Siento un sudor frío que me tiñe de rojo el maravilloso vestido que había elegido para la ocasión. Sólo tengo ganas de que venga mi madre y me abrace, bien fuerte. Estoy seguro de que con ella todo habría sido más fácil. Oigo una voz que pide una ambulancia. La gente grita, corre, chilla. “Dios, que alguien haga algo, Norma se ha pegado un tiro” son las últimas palabras que escucho antes de cerrar los ojos, las que realmente me rematan, porque es entonces cuando me doy cuenta que, una vez más, es Norma la que ha ganado la partida. Una vez más, se lleva los méritos. Una vez más, ha controlado mi vida. Una vez más, es la única que cuenta.
Puedes leer el resto de los relatos en el libro "El último Baile"
|